El arte como divulgador de la ciencia
Instantáneas Sobre el Fin del Mundo por Alfredo Peñuelas Rivas
Es muy conocida la gran pasión que tenía el pintor florentino, Leonardo Da Vinci, por tratar de comprender el mundo que lo rodeaba. En la actualidad, se conservan cerca de seis mil páginas escritas e ilustradas por Da Vinci donde el autor plasmaba sus inquietudes por la “filosofía natural”.
Leonardo indagó con curiosidad una gran diversidad de temas como la óptica, la acústica, la mecánica, la dinámica de fluidos, la geología, la botánica y la fisiología. Incluso muchos de ellos se consideran verdaderos descubrimientos científicos.
El artista lo sabía, porque a muchos de sus escritos les puso títulos provisionales como “Libro sobre perspectiva”, “Tratado sobre la cantidad continua” y “La geometría como juego”, “Tratado sobre los nervios, los músculos, los tendones, las membranas y los ligamentos”, y “Libro especial sobre los músculos y los movimientos de los miembros“.
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Pero Leonardo no es el único artista que fue un divulgador científico
De hecho, durante el desarrollo de las primeras sociedades científicas el manejo de disciplinas relacionadas con el arte eran de uso cotidiano, si atendemos que no existían medios para registrar ciertos hallazgos tales como la fotografía o el video.
Uno de los ejemplos más notables es Robert Hooke, uno de los fundadores de la la Royal Society de Londres y precursor del microscopio. Los hallazgos de Hooke se encuentran compilados en su libro Micrographia, publicada en 1665. En esta obra aparecen, por primera vez, dibujos de imágenes tomadas con una nueva disciplina denominada “microscopía óptica”.
Los dibujos, por supuesto son de la autoría de Hooke quien plasmó en papel un mundo desconocido, hasta ese momento, y del cual no le creerían sin no lo hubiera ilustrado. En el libro se pueden observar insectos como pulgas u hormigas cuya anatomía es detallada con una asombrosa precisión, lo que demuestra el gran manejo técnico del dibujo que tenía Hooke.
Otro caso muy conocido es de Charles Darwin
Quien realizó ilustraciones de algunas especies recolectadas durante sus viajes por América del Sur en el buque Beagle entre 1832 y 1836.
También durante el siglo XIX, en el que fueron muy populares las expediciones naturalistas europeas en su afán por descubrir “nuevos mundos”, por lo que muchos de estos aventureros se hacían acompañar de pintores para que ilustraran lo que veían.
Tal vez el más famosos de estos pintores viajeros fue Moritz Rugendas, quien en 1821 se embarcó en la expedición científica del barón Grigori Ivanovitch Langsdorff, quien requería un dibujante que ilustrara la naturaleza de América del Sur. Rugendas recorrió Brasil, Haití, México, Chile, Perú, Bolivia, Argentina y Uruguay.
En su vasta obra se pueden apreciar paisajes con vegetaciones nunca antes vistas en Europa, escenas con vestimentas muy detalladas, costumbres locales y un sinfín de “novedades”, elaboradas con una minuciosidad cientificista que facilitaría los estudios comparados de su época.
También hay casos menos notables pero, no por ello, menos importantes. Si uno atiende a las pinturas religiosas de las muchas iglesias de América y Europa, se podrán encontrar ejemplos de flora y fauna y hasta de vestimentas y oficios de la época en la que se pintaron.
Hace algunos años visité la región de Umbría, en Italia, acompañado por mi amigo el investigador en arte Michael Schuessler. Cuando visitamos la Cattedrale di Santa Maria Assunta, en la antigua Ciudad de Orvieto, por su puesto contemplamos la famosa Capilla de San Brizio, cuyo Juicio Final, denominado Los condenados, realizado por Fra Angélico y Luca Signoreli sirvieran de inspiración para que Miguel Angel Bounarroti pintara la Capilla Sixtina. Sin embargo, en la capilla izquierda, denominada de Los Corporales, en la decoración pictórica de realizada por Ugolino del Prete Ilario entre 1357 y 1364 se pueden observar diversas escenas cotidianas de lo que sería la vida social en la región de Umbría durante el siglo XIV.
Uno de los casos más insólitos de ilustración científica se encuentra en los cuadros de Hieronymus Bosch, mejor conocido como El Bosco
Y en sus famosos cuadros como el tríptico “El jardín de las delicias”, que resulta ser todo un tratado de ornitología ya que en él aparecen más de seiscientos ejemplares de diversas especies de las aves. La más notable se encuentra en el denominado “El carro de heno”, donde aparece claramente dibujado un kiwi, un ave originario de Nueva Zelanda.
La particularidad del hecho es que esa región del Pacífico Sur no era conocida por los europeos, ya que el Bosco murió 60 años de que el español Juan Fernández pasara por la zona, 130 antes de que Abel Tasman desembarcara, momentáneamente, en la isla y 250 antes de que llegara el capitán James Cook a Nueva Zelanda. ¿Cómo pudo entonces pintar El Bosco con tanta perfección un animal que nadie había visto jamás?
Este binomio entre arte y ciencia ayuda a que, en pleno siglo XXI, nos planteáramos nuevas estrategias para que arte y ciencia se ayudaran entre sí. Por un lado, tratar de innovar con las diversas opciones que el arte nos plantea en sus distintas disciplinas y apoyar la divulgación científica. Y, por otro, como una forma de promover en sí mismo el gusto por las artes.

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